Femicidio vinculado es el término que adoptó la Corte Suprema de Justicia de la Nación para visibilizar un tipo de crimen. Se denomina así a los homicidios cuyos autores lo hacen para vengarse de sus parejas. Normalmente, las víctimas son niños. En nuestra provincia se registraron varios casos de estas características. El de Milagros Daiana Torres (12 años) fue uno de ellos. Muy pocos recuerdan ese caso donde hubo dos condenas. El acusado recibió la pena de prisión perpetua. Y, la madre, una injusta: la social, porque hasta los mismos operadores judiciales que, cuando aún no era generalizada la utilización de la perspectiva de género, la cuestionaron por haberla dejado sola para salir de noche.
El sábado 28 de mayo de 2016, María del Carmen Aranda (32) había decidido ir a bailar a un local de La Cocha. Antes dejó en la casa de su madre a su hijo más pequeño, de 10 años. Milagros le pidió que la dejara durmiendo en su casa. En el boliche se encontró con su ex pareja Ricardo “Pelancho” Pérez (34). Se vieron, pero no intercambiaron palabra. Varios testigos dijeron que en realidad ella se le había escapado toda la noche porque no quería saber nada de él. La pareja se había casado en 2014, pero ella había decidido romper con la relación tres meses antes por las constantes agresiones que había sufrido.
La joven madre de dos hijos regresó a la precaria vivienda que habitaba en el barrio que, paradójicamente, se llamaba “El Porvenir”. Cuando cruzó el portón encontró algunos indicios de que algo malo había pasado. Entró corriendo y encontró a Milagros sin vida en su cama. Salió corriendo a pedir ayuda. Los vecinos llamaron a una ambulancia que llegó a los pocos minutos y los médicos le avisaron que la habían asesinado. Detrás de los profesionales llegaron los policías que terminaron de constatar lo que había sucedido.
Una comisión al mando del comisario Pedro Gómez se presentó. Dirigidos por el fiscal Fabián Rojas, los agentes fueron elaborando una hipótesis de lo que había ocurrido. Aprovechando que la pequeña Milagros se encontraba sola, un desconocido cortó con un cuchillo el plástico negro que hacía de pared para ingresar a la casilla. Le tapó la boca y parte de la garganta con medias y, por último, le rodeó el cuello con el cable de un electrodoméstico. El médico de Policía sospechó que la niña había sido víctima de un abuso sexual y que murió asfixiada por los elementos que le habían obstruido las vías respiratorias. El médico forense del poder judicial confirmó esa teoría, pero agregó que la habían golpeado, por las lesiones que presentaba en casi todo su cuerpo.
Aranda rápidamente señaló a su ex como el autor del grave hecho. En primer lugar, informó que la persona que ingresó a su casa sabía cómo ingresar y que Milagros estaba sola. Después, le mostró el buzón de mensajes de textos (en esos momentos no existía el WhatsApp) donde tenía al menos 50 comunicaciones que el sospechoso le había mandado esa noche nomás. Uno de ellos decía que él se vengaría generándole daño para sufriera mucho. Ella dijo que no le dio demasiada importancia porque desde que se había separado era habitual que eso sucediera. Tampoco sabía que ese hostigamiento era suficiente para que se presentara a la justicia con el fin de conseguir alguna medida de protección. Después de declarar, sufrió una profunda crisis de nervios por lo que debió ser internada en el hospital de Concepción. El sospechoso fue detenido el 30 de mayo cuando deambulaba perdido por la plaza de Aguilares.
Comparación
En las zonas rurales hay una creencia muy arraigada. En realidad, se trata de una manera de encontrar una explicación a algo que es inexplicable. Los niños que mueren con el alma impoluta y sin pecado alguno, inmediatamente después de su muerte, se transforman en ángeles que ocupan lugares en el mundo celestial. Y si fallecen de manera trágica, se potencia esta teoría. Por ese motivo, las víctimas pueden llegar hacer veneradas.
En La Cocha, el crimen de Milagros golpeó fuerte. No sólo por la manera en que se produjo ni por cuál fue el móvil del femicidio vinculado. Ocurrió a los nueve días de que un tribunal condenara a los autores de Cecilia Brito, ocurrido el 12 de junio de 2011. La joven de 18 años fue captada en la calle y llevada hasta una casa donde la golpearon y abusaron de ella. Luego la arrojaron en un descampado en la convicción de que estaba muerta, aunque falleció horas después. En abril de 2016 fueron condenados a perpetua Willian Rotger Doldan y Luis Alberto Aguilar, acusados del delito de abuso sexual en concurso real con el de homicidio agravado.
Una de las mayores muestras de dolor que se observaron fue en la Escuela Secundaria Técnica de La Cocha, a la que asistía la pequeña. Allí estuvo ante de ser asesinada. Como cada sábado, tomó una clase de acrobacia en tela. “Era un ángel. Bailaba cualquier tipo y en las comparsas. Le gustaba participar en todo. Era atenta, saludaba muy bien”, la recordó en esos días su profesora Emelina Farías. “Es terrible el dolor que se vive aquí… ¿Cómo uno les explica esto a sus compañeros de danza, de tela, de la escuela? Vamos a marchar por ella. No queremos otra Cecilia Brito en el pueblo. No queremos que pasen tantos años para que haya justicia”, añadió la docente. Hubo marchas, pero no fueron tan convocantes como las de Brito.
“Mucha gente no se sumó porque cuestionaron a la madre por dejarla sola. Esos pensamientos arcaicos son fuertes en el interior y terminaron dividiendo la sociedad”, explicó Josefina Herrera, vecina de la madre de la víctima. “En esos tiempos, el uso de las redes sociales como tribunal moralizador no estaba tan difundido. La hubieran crucificado”, añadió.
La investigación
Los tribunales de Concepción se convulsionaron cuando el acusado fue llevado para declarar por primera vez. La defensora oficial Mónica Ballestero, actualmente integrante del Colegio de Jueces de la capital, le pidió que no declarara para evitar que se incriminara solo. Ella habría preferido esperar que estén los resultados de las pericias y que avance la investigación para que sólo entonces hablara. Pero “Pelancho” no le hizo caso. “Me siento mal porque algo malo hice y no recuerdo lo que es”, le había dicho al fiscal Rojas cuando declaró en su fiscalía. Sus dichos fueron muy poco creíbles porque estuvieron plagados de contradicciones. Por ejemplo, no supo explicar por qué había enviado 50 mensajes amenazantes a la madre de la víctima antes de que se registrara el crimen.
La defensora oficial tuvo que realizar otra tarea. Solicitar medidas de protección para Pérez. Luego de ser detenido, por cuestiones de seguridad, fue alojado en un calabozo de la comisaría de Juan Bautista Alberdi. Compartía el encierro con otras dos personas que, después de enterarse del delito que había cometido, recibió una dura golpiza que le deformó el rostro y le dejó hematomas en todo el cuerpo. Los reos fueron procesados por la agresión y “Pelancho” trasladado a otra dependencia policial.
“En este caso los estudios resultaron decisivos para despejar todas las dudas que había sobre la participación de este hombre en un crimen que conmovió a La Cocha”, reconoció Rojas al informar detalles de la investigación. “Había elementos de prueba que nos llevaron a ubicar a Pérez como el principal y único sospechoso del crimen. En su declaración indagatoria negó su participación en el hecho, pero cayó en muchas contradicciones. Ahora tenemos un estudio que termina por complicarlo”, añadió el representante del Ministerio Público Fiscal.
El juicio
En diciembre de 2017 comenzó el juicio en contra del acusado. “Pelancho” volvió a insistir con su versión. “No recuerdo nada de lo que pasó o hice. Esa noche consumí alcohol, pastillas y otras drogas durante toda la noche. Si ustedes dicen que soy yo el que anduvo ahí esa noche, pienso que debe ser así”, señaló el imputado. Fueron audiencias tranquilas. Además del casi reconocimiento de culpabilidad de Pérez, en el debate se mostraron todas las muestras que había en su contra. Entre otras, los resultados de las pericias genéticas; la confirmación de que él le había mandado mensajes amenazantes a su ex pareja; y el testimonio de varias personas que lo vieron antes y después del hecho en las cercanías donde fue asesinada Milagros.
La fiscala de Cámara Alicia Blasis de Morelli realizó un polémico alegato. “Aunque Pérez dijo que no recuerda lo que pasó en la noche del crimen, en razón de que había consumido droga y alcohol, debe quedar en claro que toda persona bajo los efectos de cualquiera de esas sustancias o bebidas, y comete un hecho voluntariamente, tiene que asumir su responsabilidad”, señaló. También advirtió que la madre de la niña tiene “responsabilidad moral en el hecho porque la muerte de la criatura se hubiera evitado si no dejaba a esta sola en horas de la noche, en un lugar descubierto y paredes endebles de plástico” planteó. “Esta situación es que aprovechó el imputado para cortar el plástico, ingresar a la casa y producir este lamentable hecho. Aunque mi planteo no es punible contra ella, es una observación necesaria”, advirtió. Aranda volvió a sentir los dedos acusadores de la sociedad presionándole el pecho. Los integrantes del tribunal, al no hacer ninguna objeción, avalaron los dichos de la acusadora.
Ballestero, por su parte, pidió la absolución de su defendido por el beneficio de la duda. “Pérez no dice en su declaración y de manera directa que él fue el que la mató, sino que plantea que podría ser ante las fotos y otros elementos de prueba con que lo incriminan. Pero de todos estos, ninguno es contundente. El mismo ADN plantea un patrón genético compatible con la línea patrilinea o de su padre. Es decir, no lo vincula directamente sólo con el de mi defendido”.
El tribunal, integrado por Jesús Carlos Pellegri (presidente), Elena Grellet y Sergio Altamirano, dio a conocer el fallo luego de deliberar una hora. Condenaron a Pérez a prisión perpetua al considerar que mató con alevosía e incurrió en criminis causae al matar para evitar ser descubierto por la comisión del otro delito de abuso. Aranda, la otra “condenada”, siguió adelante pese a todos los cuestionamientos que recibió.